En Madrid, y a pocos metros de su popular y siempre concurrida plaza Mayor, se erige un modesto palacete que suele pasar desapercibido entre el trajín diario y las prisas de los viandantes. Su planta cuadrada, sus ladrillos vistos de color rojo, sus ventanales rectangulares con molduras, sus chapiteles de pizarra en cada esquina y una portada de piedra gris coronada por el escudo de la dinastía de los Austrias evidencian su carácter renacentista. Sin embargo, muy pocos de entre los miles de madrileños que cada día pasan frente a este palacete, donde en la actualidad se ubica el Ministerio de Asuntos Exteriores, saben que desde mediados del siglo XVI fue cárcel real y sede de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, una de las instituciones policiales más relevantes de toda la Edad Moderna española.
Los orígenes de esa institución gubernativa, judicial y policial se remontan a los séquitos de oficiales reales de justicia que durante la Baja Edad Media acompañaban en sus desplazamientos a la corte del rey, por entonces itinerante. No obstante, el progresivo fortalecimiento del poder real acabó por exigir el establecimiento de una corte permanente, no solo como símbolo de la autoridad regia, sino también para facilitar la administración centralizada de unos territorios cada vez más extensos: los de la monarquía hispánica, ese imperio en el que fray Francisco de Ugalde diría que «nunca se pone el Sol».
(Fragmento del artículo publicado en el último número de nuestra revista. Para leer más, haz click a continuación).