Hernando de Soto. El descubridor de Norteamérica

Javier Ramos

El cine se inventó una conquista del Oeste exclusivamente angloamericana. Pero nada más lejos de la realidad. Incluso los mapas desmienten esta visión, con topónimos como San Diego, San Francisco, San Antonio, Los Ángeles, El Paso, Florida o Miami. Fueron españoles los primeros europeos que exploraron el suroeste de Estados Unidos. Hay que citar por fuerza algunas de esa primeras exploraciones, como la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1528).

En el siglo XVII, las circunstancias internacionales empujaron a la Corona española a intensificar su expansión para frenar el avance ruso desde Alaska. El virreinato de México era uno de los más importantes de las colonias españolas. De allí emanaba el gobierno y la autoridad de la Corona, pero esa influencia iba perdiéndose y debilitándose a medida que se imponían las largas distancias hasta los asentamientos de la frontera norte, que estaban establecidos en Nuevo México, Texas, Arizona o California. En el norte se encontraban no solo con las tribus indias (navajos, apaches, comanches) que llevaban a cabo incursiones en territorio español destruyendo pueblos, minas y misiones, sino también con las potencias europeas que miraban con envidia las fronteras hispanas.

La organización social hispana en territorio americano tuvo dos sistemas que se complementaban. Por un lado, estaban las misiones y, por otro, las villas o ciudades. En las primeras, los jesuitas y los franciscanos, además de la religión, promovieron la educación y el cuidado de los nativos, además de su progreso material. Más tarde comenzó el sistema de organización civil en las villas y ciudades construidas. Una cadena de fundaciones esparció urbes desde Florida hasta California, desde San Agustín, Nueva Orleans, Galveston, Santa Fe, San Antonio, Albuquerque, hasta Los Ángeles y San Francisco, entre otras muchas.

Esta es la historia de un aventurero, un explorador español que vagó durante tres años por Norteamérica y murió antes de encontrar las inmensas riquezas con las que había soñado. Un hidalgo pobre, pero duro e implacable. Alguien que pagó un precio caro por su osadía.

Desde el viaje de Solís y Pinzón por el golfo de México a principios del siglo xvi, los españoles supieron con seguridad que al norte de las Antillas existían extensas regiones a las que pronto rodearon de un halo de misterio y fantasía, dotándolas de un atractivo irresistible. Desde ese momento, varias fueron las expediciones que se adentraron por el sur del subcontinente norteamericano. En 1528, Pánfilo de Narváez encabezó una expedición de colonización a Florida que terminó con la muerte de casi todos sus miembros. Dos supervivientes de la aventura expandieron entre autoridades y aventureros una idea fascinante, a la par que esperanzadora: que en Florida existía un nuevo El Dorado.

Uno de estos exploradores fue Hernando de Soto. Este extremeño había amasado una gran fortuna desde 1514 en Centroamérica y en la conquista del reino inca del Perú junto a Francisco Pizarro en 1532, participando en la captura de Atahualpa. De vuelta a España, fascinado por las historias que se contaban de Florida, logró de Carlos V una licencia para explorar esas tierras. Soto se ofreció a costear una expedición a cambio de que la Corona obtuviese el 50 % de los beneficios. Un año después partía desde Cuba al frente de una flota de nueve navíos, con seiscientos cincuenta hombres y trescientos veintisiete caballos. Soto reunió a su tripulación convenciéndoles de que había más oro en Florida que en México y Perú juntos.

 

(Fragmento del artículo publicado en el número 9 de nuestra revista. Para leer más, haz click a continuación).

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