Vida de Cristo según santo Tomás

Eudaldo Forment

Al final de su vida, Santo Tomás de Aquino (1225-1274) escribió una Vida de Cristo, que se encuentra en la Tercera parte de la Suma teológica, aunque muchas veces se ha publicado separada de la Suma. Esta parte de su magna obra la preparó en Nápoles en los dos últimos años de su vida.

«Has escrito bien de mí»

Al final de su vida, Santo Tomás de Aquino (1225-1274) escribió una Vida de Cristo que se encuentra en la tercera parte de la Suma teológica, aunque muchas veces se ha publicado separada de la Suma. Esta parte de su magna obra la preparó en Nápoles en los dos últimos años de su vida.

Durante este tiempo, Santo Tomás vivió con una gran intensidad y emoción los misterios de la vida de Cristo, que le impresionaban de manera especial y profunda. Fray Domingo Caserta, sacristán del convento de Nápoles, contó un importante suceso al dominico Guillermo de Tocco, autor de la biografía más completa del Aquinate, escrita en el cuarto decenio después de su muerte. El antiguo discípulo del Aquinate, en 1317, había sido nombrado promotor del proceso de su canonización, que finalizó seis años más tarde.

En su libro, refiere así la declaración que recogió del dominico también contemporáneo del Santo: «Advirtiendo fray Domingo que el maestro Tomás bajaba desde su celda a la iglesia antes de los maitines, y que cuando sonaba la campana para anunciarlos volvía rápidamente a su celda para no ser visto por los otros frailes, una vez lo observó. Fue a la capilla de San Nicolás y, acercándose por detrás de donde permanecía muy quieto en oración, lo vio como un metro elevado en el aire.

Mientras admiraba esto, escuchó allí mismo, donde estaba orando con lágrimas, una voz que procedía del crucifijo: «Tomás, has escrito bien de mí; ¿Qué recompensa quieres?». A lo que replicó fray Tomás: «Señor, no otra sino a ti». En este tiempo, estaba escribiendo la tercera parte de la Suma, sobre la pasión y la resurrección de Cristo. Después de escribir eso, ya escribió muy poco, por las cosas maravillosas que el Señor le reveló».

En la pintura Crucifixión de Cristo con dolientes, con santo Domingo y con santo Tomás de Aquino, su autor, fray Angélico, refleja muy bien la devoción de santo Tomás a Cristo Crucificado. Se le ve con un libro suyo abierto, que sostiene con las dos manos, arrodillado al lado de santo Domingo de Guzmán, que adora y ora con los brazos extendidos, y que parece mostrar u ofrecer a Cristo, a quien mira extasiado.

Se puede interpretar esta actitud, que se muestra en el fresco del pintor dominico, tal como hacía Abelardo Lobato. Indicaba el conocido filósofo y teólogo tomista que Santo Tomás está «en pie junto al Cristo clavado en la cruz, confrontando su manuscrito, escrito con la rapidez del pensamiento en su famosa littera illegibilis, mientras dialogaba cara a cara con el amigo y le preguntaba si en definitiva había leído y escrito bien. En su interior quedaba el eco imborrable de la respuesta: «Tomás has leído y escrito muy bien de mí».

El Camino, la Verdad y la Vida

En su «Introducción general» a la edición bilingüe de la Suma teológica, Santiago Ramírez, uno de los más importantes filósofos y teólogos tomistas del pasado siglo, indica que toda esta tercera parte de la obra está dedicada a Jesucristo, porque «es el camino que nos lleva al Padre». También que «comprende tres grandes tratados: I. De la persona de nuestro divino Redentor; en este primer tratado se estudia la naturaleza del misterio de la Encarnación y las consecuencias que de él se derivan; luego se examinan las cosas que hizo y sufrió la Persona del Verbo humanado. II. De los sacramentos, por los cuales se nos aplican los méritos de la pasión y muerte del Redentor […] III. De la gloria, a la cual llegamos por los méritos de Cristo, que nos han sido comunicados por medio de los sacramentos, y por relación con ella de los demás novísimos».

En el prólogo a esta tercera parte, santo Tomás explica la razón de su contenido y de su orden del modo siguiente: «Nuestro Salvador y Señor Jesucristo, «salvando al pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21), como fue anunciado por el ángel» —a san José, que «se le apareció en sueños» (v. 20)—, «se nos reveló como el camino de la verdad por el que podemos llegar a la resurrección y a la bienaventuranza de la vida inmortal».

(Fragmento del artículo publicado en el número 1 de nuestra revista. Para leer más, haz click a continuación).

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