TORO. LA BATALLA QUE DECIDIÓ EL FUTURO DE LA NACIÓN

Augusto Rodríguez de la Rúa

(Fragmento del artículo publicado en el número 4 de Laus Hispaniae).

Al atardecer del 1 de marzo de 1476, se produce, muy cerca del término del actual Peleagonzalo, a los pies de las murallas de Toro, un choque entre las tropas de los partidarios de Juana la Beltraneja, comandados por su esposo, el rey Alfonso V de Portugal, y las de los partidarios de Isabel, bajo el mando de su esposo, Fernando II de Aragón. Del resultado de aquella batalla dependería el futuro de la Corona de Castilla y, aún más, de una nación…

… Fernando ordenó que todas las tropas disponibles se reuniesen en Tordesillas para marchar sobre Toro. El objetivo era obligar a los portugueses a que presentasen batalla. El ejército no estuvo reunido hasta el 15 de julio. Fernando avanzó al frente de veinte mil infantes, seis mil jinetes y dos mil hombres de armas. Al día siguiente se conoció la noticia de la entrega de Zamora a los portugueses, circunstancia que ponía en graves dificultades el abastecimiento de los isabelinos, que podían ser amenazados desde Villalonso, Tiedra, Mota, Castronuño y Cubillos, en medio de territorio enemigo, sin posibilidad de mantener líneas de abastecimiento, lo que provocaría que tuvieran que retirarse hacia Tordesillas en poco tiempo. Llegaron ante Toro el 19 de julio, pero Alfonso no presentó batalla al estar bien protegido por las murallas de la ciudad. Fernando lo retó dos veces a combate singular, sin éxito. Finalmente, ante la imposibilidad de atacar la ciudad y la escasez de provisiones, ordenó el regreso a Tordesillas el 23 de julio, lo que provocó el amotinamiento de parte de las tropas, que se retiraron en desorden.

Entonces Alfonso redobló los esfuerzos para tomar el alcázar, cuya guarnición capituló, desmoralizada por la retirada isabelina. La toma del alcázar de Toro supuso una victoria moral para Alfonso, que volvió a solicitar tropas a su aliado francés. Fernando ordenó reforzar las plazas leales cercanas a Toro, como Medina del Campo, Madrigal y Tordesillas. Él mismo se dirigió a Burgos para asediar la plaza, cuyo control era fundamental para evitar el contacto entre los ejércitos de Portugal y Francia.

Mientras tanto, Alfonso V se dio cuenta de que comenzaba a perder apoyos en Castilla, mientras Isabel empezaba a adquirir cada vez más fuerza. Dejó Toro y se dirigió a Burgos. En Baltanás derrotó y capturó al conde de Benavente. Pero el camino hacia Burgos había quedado cerrado, pues Isabel, previendo sus movimientos, se había desplazado a Palencia. El portugués retrocedió entonces hacia Peñafiel, después Arévalo y, finalmente, se refugió en Zamora, donde había decidido establecerse desde aquel momento.

Isabel y Fernando convocaron al Consejo Real en Dueñas entre el 5 y 10 de noviembre. Decidieron atacar Zamora; los zamoranos estaban descontentos con los portugueses, pues corría el rumor de que su rey pretendía expulsar a los castellanos de la ciudad para repoblarla con portugueses. Fernando dejó el sitio de Burgos en manos de su hermanastro, Alfonso de Aragón, experto en artillería y poliorcética, y se dirigió con ochocientas lanzas a Zamora , donde llegó el 5 de diciembre; un día antes, parte de la guarnición se había puesto de su parte, por lo que Alfonso V había huido a Toro. Sin embargo, la guarnición portuguesa resistía en el castillo zamorano. Fernando dio orden de comenzar el sitio.

El castillo de Burgos cayó finalmente el 2 de febrero de 1476 y su guarnición fue tratada con benevolencia. Isabel y Fernando trataban, con esta política de magnanimidad con el enemigo vencido, de atraerse cada vez más apoyos a su causa.

Alfonso V comenzaba a perder rápidamente los apoyos de la nobleza castellana, pero no se decidía a tomar la iniciativa bélica. Fernando volvió a formar en orden de combate ante Toro el 5 de febrero, retando a los portugueses sin éxito, por lo que regresó a Zamora. El 9 de febrero entraba en Toro el príncipe Juan, heredero de Alfonso V, al mando de quince mil infantes y dos mil quinientos jinetes de caballería ligera. El 13 de febrero, Alfonso atacó Madrigal, pero fue rechazado y se dirigió a Medina del Campo, donde se encontró con las lanzas comandadas por Alfonso de Aragón, que había tomado posiciones allí por orden de Fernando. El rey portugués desistió de su intención y decidió socorrer a Zamora. Acampó a orillas del Duero y su artillería comenzó a bombardear las posiciones de Fernando, que se veía entonces atrapado entre dos fuegos. Sabía que la situación se resolvería si tomaba el castillo, por lo que comenzó a bombardearlo con gran intensidad. Pero también preparó todo para una posible salida contra el ejército de Alfonso.

La situación del rey portugués no era fácil. Sus tropas estaban padeciendo el duro invierno zamorano y la guarnición del castillo estaba sufriendo el bombardeo castellano, mientras que los hombres de Fernando disfrutaban de posiciones más sólidas y cómodas, protegidos por las murallas de la ciudad. Además, Alfonso tenía graves dificultades para pagar a su ejército, por lo que comenzaron las deserciones. Supo, además, que los aragoneses estaban reuniendo un ejército que auxiliaría a los castellanos. Trató de negociar con Fernando su retirada a cambio de una compensación económica y de que le fueran entregadas Galicia, Zamora y Toro. Isabel se negó en redondo a entregar una sola fanega de tierra castellana. Por tanto, Alfonso levantó el asedio el 1 de marzo y galopó hacia Toro, donde se desarrolló la batalla decisiva que decidió el futuro de España…

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