TOMAS MORO. EL HUMANISMO FRENTE A LA INTOLERANCIA.

 
 
Por Juan Pablo Perabá & Javier Martínez-Pinna.
 
 
En los últimos años, la adopción de planteamientos políticos de tipo moderado ha sido visto con desdén, especialmente como consecuencia del innegable debilitamiento de las democracias occidentales, y el auge de nuevos planteamientos políticos situados en las antípodas de este mismo moderantismo, representados en un populismo creciente, que pretende convertirse en la única opción posible frente a unas instituciones que no representan la voluntad y los intereses del pueblo.
 
Esta es la razón por la que muchos pretendemos volver la mirada hacia atrás, para encontrar un nuevo modelo que permita una cierta reconciliación social en un mundo cada vez más fragmentado. Uno de estos paradigmas lo tenemos en Tomás Moro, junto con Erasmo de Rotterdam y Juan Luis Vives, una de las figuras más destacadas del humanismo cristiano en la Europa renacentista.
 
De él llama la atención, el reconocimiento que recibió de sectores tan enfrentados como el catolicismo, el liberalismo, el socialismo o el comunismo. Para los primeros, Moro destacó por su decidido apoyo y fidelidad a la unidad de la Iglesia Católica, razón por la que sufrió el martirio en 1535, cuando fue ejecutado por orden de Enrique VIII, por oponerse al Acta de Supremacía y por su negación a aceptar el divorcio del rey inglés con Catalina de Aragón. Su aceptación de las tesis erasmistas también contribuyó a su elevación a los altares de la cristiandad, por hacer suyas las ideas del príncipe del humanismo nortealpino, el cual preconizaba una nueva religión más intimista y cercana a la cristianismo primitivo, basada en la imitación de Jesús para así hacer frente a la profunda crisis que atravesaba la Iglesia Católica a finales del siglo XV.
 
Moro fue también valorado por los historiadores liberales, por su afirmación de la supremacía del individualismo sobre el poder político, e incluso por los socialistas y comunistas, que vieron con buenos ojos el intento del inglés por establecer una sociedad ideal en su imaginario mundo de Utopía, en el que testimonia la influencia de su filosofía neoplatónica y el interés de los humanistas por mejorar la situación de la comunidad política, mediante los principios de la razón natural, estando en contra de los abusos de las clases privilegiadas, y de la falta de visión cristiana en la toma de decisiones importantes.
 
El moderantismo de Moro fue repetidas veces puesto en entredicho, por su decidida apuesta a favor de la Iglesia durante la Reforma Protestante. Por este motivo fue difamado por autores marcadamente anticatólicos, como John Foxe, quien le acusó, injustamente, de torturar a los herejes durante su etapa como ministro de Justicia en el reino de Inglaterra. En su contra, autores como Peter Ackroyd le atribuyen una posición moderada y tolerante en su lucha contra el protestantismo, aunque el debate no se cerrará hasta que el académico alemán, Peter Berglar, demuestre que durante su etapa de gobierno entre 1509 y 1531 no se produjo ni una sola condena de muerte por herejía en la diócesis de Londres.
 
Como hemos visto, Tomás Moro fue acusado de alta traición por el pérfido y sádico rey inglés Enrique VIII. No fueron pocos los que protestaron contra tan injusta decisión, entre ellos el rey Carlos I de España, quién lo consideró el mejor pensador del momento. Su intento de parar la ejecución no tuvo ningún éxito, y finalmente fue decapitado un día de triste recuerdo: el 6 de julio de 1535. Poco segundos antes de ser decapitado, se dirigió a los presentes que esperaban en el Tower Hill y pronunció sus últimas palabras: I die being the King’s good servant, but God’s first (muero siendo el buen siervo del rey, pero primero de Dios).
 
 
 
 
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