Sobre la felicidad y la virtud

José María Medina

La vida posmoderna gira en rededor de tres objetos íntimamente conectados: «educación», empleo y consumo. Fruto de nuestro común sentir, la educación se ha reducido a nuda formación académica —que, por cierto, es insuficiente—, cada vez más diseñada para acceder al mercado de trabajo. Imbuidos de un profundo nihilismo, marca propia de nuestro siglo, con frecuencia los padres atienden, al valorar los centros docentes para sus hijos, a bilingüismos o futuribles contactos ya en primaria y secundaria. Luego, en la universidad, se busca una carrera con salidas profesionales suficientes y mínimamente agradable, y se culmina el proceso especializándose el alumno lo máximo posible en un ámbito en que prevea cierta demanda laboral.

Muchas veces la educación de los niños y de los jóvenes se agota en esta derivación de los padres al colegio, al instituto o a la facultad. Después ellos se conducen según las dichas coordenadas. Y así todo en la vida de un muchacho se orienta, desde edades tempranas, a la consecución futura de un buen trabajo, de prestigio y poder adquisitivo. Se reduce la persona a un recurso humano, y ulteriormente a un sujeto de consumo —objeto y sujeto de consumo, por tanto—; a una pieza eficaz en el mercado laboral para servir a la economía y a la perfección del flujo circular de la renta.

Sin embargo, por suerte o por desgracia, el tejido social y la elección del individuo no pueden silenciar lo que ya fuera cuando hubiera tomado sus primeras decisiones: la naturaleza sigue allí, y reclama ser tratada con justicia. Al hombre no le basta con poder o poseer; sigue demandando verdad y bien; lo que él mismo es y lo que tiene se le antoja insuficiente, y se revela a sí mismo mendicante de una ultimación que aguarda en algún lugar fuera de él, que generalmente no coincide con su aula o su oficina. Ni su dormitorio de consumidor compulsivo.

Viktor Frankl decía que el hombre moderno, que ha perdido el sentido, cuando logra un minuto de descanso y se acalla su circunstancia —se suspende el trabajo y el trajín de las faenas—, es invadido por una melancolía persistente, que elocuentemente llamó «neurosis dominical». Es infeliz, le falta algo que necesita. Experimenta, si puede hablarse así, la ausencia en él de un bien debido, que es precisamente la expresión con que los clásicos definieron el mal. De ahí su huida, continúa Blondel, al ruido y la vorágine, que silenciare el clamor de tales anhelos naturales, aviso de su bajeza elegida. Si no hay ahora trabajo que ensordezca, recurre a formas de ocio útiles para olvidar quién es y qué se exige incesantemente, al menos hasta el lunes siguiente. El hombre del siglo xxicobra aversión al silencio y adicción a cualquier experiencia sensible, capaz de drogarlo y apartarlo de sí mismo. Dice san Agustín en las Confesiones: «Et ecce intus eras et ego foris et ibi te quaerebam» («y he aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y allí te buscaba»).

(Fragmento del artículo publicado en el número 2 de nuestra revista. Para leer más, haz click a continuación).

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