Santa Teresa de Jesús

Elvira Gómez Bueno

 

El 27 de septiembre de 1970, el papa Pablo VI reconocía el título de doctora de la Iglesia a Santa Teresa de Jesús, siendo la primera mujer a la que se le otorgaba.  En la homilía que pronunció en el Vaticano a tal efecto, se refirió a ella destacando, entre otras cosas, su singularidad: «La vemos ante nosotros como una mujer excepcional, como a una religiosa que, envuelta toda ella de humildad, penitencia y sencillez, irradia en torno a sí la llama de su vitalidad humana y de su dinámica espiritualidad; […]reformadora y fundadora de una histórica e insigne orden religiosa, como escritora genial y fecunda, como maestra de vida espiritual, como contemplativa incomparable e incansable alma activa.»

Así describía Pablo VI a santa Teresa de Jesús, que, junto a su hermano en la fe san Juan de la Cruz, es considerada como la máxima expresión de la mística española. Y como le sucedió a Pablo VI, nos preguntamos: «¿De dónde le venía a Teresa el tesoro de su doctrina?». En pleno Siglo de Oro español, sus obras muestran esa religiosidad que busca la unión cada vez más íntima con Cristo a la que estamos llamados todos los creyentes, «aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2014).

En su primera obra, Vida, cuenta su infancia y adolescencia hasta la fundación del primer convento reformado de San José de Ávila en 1562. En este primer libro ya se puede apreciar su estilo sencillo y natural, sin figuras literarias complicadas de entender; de forma ordenada nos enseña sus pensamientos, su forma de orar y dirigirse a Dios, y sus visiones del infierno. Como casi todo lo que escribió, lo hizo por obediencia a sus superiores, ya que para ella suponía un gran esfuerzo. Y no era por falta de formación como podría parecer en un principio. Todo lo contrario, puesto que, a pesar de no recibir instrucción como lo hicieron sus once hermanos varones, algo habitual en la época, sí aprendió a leer y escribir en casa, seguramente gracias a su madre. Su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, era hidalgo, bien formado y aficionado a la lectura, y poseía una buena biblioteca a la que permitía acceder a sus hijos. Gracias a él se aficionó Teresa a la lectura de libros de caballerías, que eran los más habituales en esos años, así como los de vidas de santos. Ella misma lo cuenta al principio del primer capítulo:

«El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favorecía, para ser buena. Era mi padre aficionado a leer buenos libros, y así los tenía de romance para que leyesen sus hijos. Esto, con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de Nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme de edad, a mi parecer, de seis o siete años ( Vida, 1)

Otra obra destacada es Camino de Perfección, donde medita sobre el Padre Nuestro. Va dirigida a sus hermanas del monasterio de San José de Ávila, dándoles recomendaciones sobre la humildad, las tentaciones del demonio, la oración y la vida comunitaria. También la escribe por recomendación de un superior, en este caso de su confesor el dominico fray Domingo Bañes. En ella menciona en su primer capítulo: «En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos, y cuanto iba en crecimiento esta desventurada secta». Y es que apenas 2 años después del nacimiento de Teresa, en 1515, apareció la figura de Lutero, el cual, según recoge la tradición, clavó sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg. Poco después comenzarían a circular sus obras principalmente por Francia, Inglaterra e Italia, a lo que el desarrollo de la imprenta contribuyó enormemente. Se iniciaba así la Reforma protestante, que causó una gran fractura en la Iglesia. El papa León X lo declaró hereje, y finalmente, en 1521, después de ser invitado numerosas veces a retractarse de sus opiniones y volver al seno de la Iglesia, fue excomulgado. Es entre 1562 y 1563 cuando se inició la primera guerra de religión en Francia entre luteranos y católicos, que por desgracia no sería la única. Esto es lo que llegaría a provocar gran desasosiego en el alma de Teresa,  siendo causa de su llamada a la oración a sus hermanas y, por extensión, al resto de fieles, pero una oración llevada a cabo con toda la perfección posible, para poder salvar muchas almas, «para rogar por los defensores de la Iglesia».

(Fragmento del artículo publicado en el número 1 de nuestra revista. Para leer más, haz click a continuación).

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