MÉNDEZ NÚÑEZ. EL HÉROE DE PAGALUNGÁN

 

Laus Hispaniae

De esta forma llegamos hasta el 1850, en el que el navegante gallego fue ascendido a teniente de navío y “premiado” con el mando de una goleta, Cruz, armada con siete cañones. Con este armatoste a punto de entrar en carena por las malas condiciones del buque, tuvo que realizar un desplazamiento de urgencia para entregar unos documentos en la Habana, a la que por fin logró arribar después de un viaje agotador y muy arriesgado, debido a las deficiencias de un barco que casi parecía caerse en pedazos, pero también por las adversas condiciones climatológicas. La épica de Méndez Núñez fue reconocida por las autoridades, porque desde este momento y hasta 1855 asumió el mando de varios barcos de la Armada española. En este año, como recompensa a sus servicios y a su buen hacer, fue llamado al Ministerio de Marina, pero lo que para otros habría significado una meta, para él se convirtió en una oportunidad más para seguir aprendiendo, por lo que no desaprovechó el tiempo y estudió con detenimiento todo tipo de estudios y ensayos para aplicarlos a la Armada y conseguir una relativa mejora de sus deficientes navíos.

Su bautismo de fuego se produjo en las Filipinas, lugar al que fue destinado para ponerse al mando del vapor de ruedas Jorge Juan, con el que llevó a cabo labores de vigilancia y protección frente a la costa de Basilán. Allí se enfrentó con gran valentía y en inferioridad de condiciones a una pequeña flota compuesta por  cinco naves piratas joloanas, a las que logró derrotar con tan solo un buque tripulado por treinta hombres. Su éxito y la brillante trayectoria que había llevado hasta este momento le valieron para ser ascendido a capitán de fragata en 1861, asumiendo el cargo de todas las fuerzas españolas al sur del archipiélago de las Filipinas. Poco después, Méndez Núñez tendría ocasión de volver a demostrar sus cualidades cuando se le informó de que el rajá de Buayán se había hecho fuerte en Pagalungán, una cota terriblemente defendida y rodeada por una muralla de siete metros de altura y seis de espesor, protegida por un gran foso y artillería de corto alcance, lo que la convertía en una posición casi inexpugnable. Hasta allí se dirigió el militar español al frente de dos goletas y cuatro cañoneras, a las que ordenó hacer fuego para proteger el avance de dos compañías, prácticamente inmovilizadas debido al terreno cenagoso que rodeaba a la cima. Ante dicha situación, la continuidad del ataque se antojaba imposible, por lo que prudentemente se ordenó una retirada ordenada para volver atacar la mañana siguiente. En esta ocasión los cañoneros Arayal y Pampanga sorprendieron a los rebeldes con un fuerte ataque de artillería que permitió al contingente español alcanzar un terreno más favorable, pero la resistencia de los joloanos no se desvaneció. La lucha se convirtió en encarnizada y, ante dicha situación, Méndez Núñez tomó una decisión arriesgada. Siguiendo su instinto marinero decidió tomar la plaza al abordaje. La acción fue audaz porque él mismo se puso al frente de una goleta que cargó en solitario contra la fortaleza, desviando la atención de los defensores, al tiempo que las fuerzas desembarcadas españolas se lanzaban contra una muralla ahora escasamente defendida y que no pudo aguantar el envite español…

A Méndez Núñez lo podemos considerar como a uno más de esos hombres ilustres que lograron brillar con luz propia en una España en la que predominaban las sombras. Pero su muerte no trajo consigo su olvido. Desde entonces, cinco barcos de la Armada española tuvieron el honor de llevar su nombre, el último una fragata F-100 que aún navega por el mundo llevando consigo el recuerdo de este insigne navegante.

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