LAS GUERRAS PÚNICAS EN HISPANIA III: ESCIPIÓN

El final parecía cercano, porque la derrota de los Escipiones significó perder todo el territorio hasta la línea del Ebro, a excepción de Sagunto, por lo que de nuevo la posibilidad de la unión de los ejércitos de Aníbal y Asdrúbal ponía a la República en una situación incómoda. Como una y otra vez demostraron durante su dilatada historia, los romanos se dispusieron a resistir. Especialmente porque no todo estaba perdido para ellos. Por suerte, los supervivientes de la derrota del 211 pudieron encontrar unos hombres con una voluntad de hierro que lograron estabilizar de alguna manera la situación. Tiberio Fonteyo apremió a sus soldados para dirigirse rápidamente hasta el Ebro, para sumarse a las escasas tropas de reserva acantonadas en Tarraco. Una vez allí, los romanos eligieron en comicios militares a un nuevo general, Lucio Marcio, un prestigioso soldado de la caballería romana que tuvo el coraje de derrotar al ejército de Giscón cuando este se aproximaba, seguro de sí mismo, para dar el golpe de gracia a los romanos en España.

En la primavera de 211 Roma pudo recuperar Capua, y esto permitió enviar a Hispania un nuevo ejército formado por 12.000 soldados de infantería y unos 1.000 de caballería, a cuyo frente se puso el pretor Cayo Claudio Nerón, un hombre no demasiado brillante que estaba bajo la órbita de Fabio Máximo, cuyo objetivo fue llevar a cabo una política de contención en suelo peninsular, pero que cayó en desgracia cuando dejó escapar al ejército de Asdrúbal después de encontrarlo prácticamente encerrado en el desfiladero de Piedras Negras, en el Pirineo Catalán, aprovechando una repentina niebla y la burla de la que fue objeto al recibir una embajada de Asdrúbal pidiéndole el inicio de las conversaciones de paz, unas negociaciones que sólo podrían celebrarse el día siguiente porque el cartaginés debía de presidir un importante acto religioso, circunstancia esta que aprovechó para salir de la trampa en la que él solo se había metido, dejando al indolente Claudio como el hazmerreír de todos y cada uno de los hombres que formaban su ejército.

A pesar de su juventud, el nuevo Escipión mostró desde bien pronto una enorme determinación. Rápidamente marchó hacia Hispania con la intención de terminar un trabajo que antes habían empezado su padre y su tío. Con el viajaron unos 10.000 hombres de infantería y otros 1.000 de caballería, a los que se unieron los 20.000 soldados pertenecientes al ejército de Cayo Claudio Nerón. Desde Tarraco, se dedicó a fortalecer las posiciones romanas en el norte del Ebro, y cuando lo tuvo todo preparado puso en marcha un plan que venía madurando durante mucho tiempo: atacar la principal base de operaciones púnica en España, la hasta ese momento considerada inconquistable Cartago Nova. 

Gracias a un esplendida operación combinada, Publio logró plantarse ante las mismas puertas de la localidad, sin que los ejércitos púnicos – el más cercano se encontraba en la Carpetania – se diesen cuenta del peligro que suponía perder este estratégico enclave de la España levantina. Mientras la flota romana tomaba posiciones alrededor de  lo que hoy es Cartagena, Publio ordenó un ataque casi temerario contra el trecho de la muralla que protegía el istmo que daba acceso a la ciudad, obligando a la guarnición cartaginesa a defender con gran esfuerzo esta posición. En ese mismo momento, se produjo un hecho que los romanos habían previsto anteriormente. Las aguas del almarjal que rodeaba Cartago Nova, empezaron a descender como consecuencia de un fuerte viento que soplaba hacia el mar, situación que aprovecharon los atacantes para acceder hasta el interior de la ciudad utilizando unas largas escaleras de asedio. Ya era muy poco lo que podían hacer los cartagineses, que vieron con sus propios ojos como los defensores de la plaza eran masacrados mientras Cartago Nova era saqueada para conseguir un inmenso botín.

A partir de ese momento, los púnicos adoptaron una actitud claramente defensiva, tanto en Italia, en donde Aníbal no conseguía los apoyos necesarios para estrechar el cerco sobre Roma, como en España. Aquí, tras la caída de Cartago Nova en el 209 antes de Cristo, el camino hacia el valle del Guadalquivir y hacia la estratégica zona minera de Cástulo se mostraba expedito, para una nueva ofensiva del aguerrido Publio que una y otra vez fue derrotando a los cartagineses hasta obligarlos a presentar batalla en la localidad de Baécula en la campaña del 208 antes de Cristo., en donde se encontró frente a un Asdrúbal extraordinariamente atrincherado en una posición defensiva que había tomado para evitar el acceso romano a la Bética. Ante esta situación, la mera idea de presentar batalla por parte de Escipión parecía ajena a toda realidad, y así lo debieron de entender el estado mayor del general romano cuando éste mostró su disposición de atacar para evitar la unión de Asdrúbal con dos nuevos ejércitos africanos que venían a marchas forzadas para apoyar al hermano de Aníbal.

A pesar de las reticencias, Escipión dio la orden de atacar y de avanzar rápidamente para salvar las dificultades que imponía el terreno en donde se encontraba el campamento púnico. Mientras Lelio atacaba desde el flanco derecho, el propio Publio lo hacía desde el izquierdo. Asdrúbal que no podía creer lo que veían sus ojos, y ante la imposibilidad de formar a su ejército en un razonable orden de batalla, decidió como en ocasiones anteriores, evacuar a la mayor parte de sus tropas para marchar con ellas hacia los Pirineos, y desde allí, costase lo que costase, hasta Italia, para tratar de ver cumplido un sueño que al final le terminó costando muy caro.

La desaparición de Asdrúbal fue un duro golpe para los africanos en Hispania, pero a pesar de todo el Senado cartaginés hizo un nuevo esfuerzo para reconducir la situación en la península. La pérdida de este territorio permitiría a los romanos concentrar todas sus fuerzas para atacar a Aníbal en Italia, y peor aún, organizar una expedición y tomar la capital cartaginesa como ya antes habían intentado durante la Primera Guerra Púnica de infausto recuerdo. En el 207 la situación era desesperada, porque los generales cartagineses Hannón y Magón se vieron en todo momento superados por unos romanos dirigidos por el propretor Marco Silano, enviado por Escipión para no dar tregua a sus enemigos.

Sin embargo, los cartagineses aún pudieron vislumbrar algo de luz en un horizonte que se veía cada vez más oscuro, porque en el 206 Asdrúbal Giscón y Magón lograron reclutar un enorme ejército formado por unos 70.000 hombres de infantería, 4.000 de caballería y unos 32 elefantes de guerra. Esta iba a ser la última oportunidad para los africanos de frenar al intratable Escipión, y por eso no iban a cometer de nuevo el error de separar sus tropas, por lo que todo este descomunal ejército fue concentrado en Ilipa, la actual Alcalá del Río.

Hasta allí llegó el romano al mando de unos 50.000 hombres, forzando a Asdrúbal Giscón a presentar batalla confiando en su relativa superioridad numérica, y tratando de minimizar el peligro que suponía estar al frente de unas tropas poco curtidas en la guerra. Tras unas jornadas en las que predominaron las simples escaramuzas, el romano ordenó un ataque frontal ante un enemigo fabulosamente atrincherado. Una posición como esa parecía difícilmente superable, y por eso Escipión tomó una decisión más que arriesgada. En un último momento sorprendió a todos sus oficiales, al colocar a los contingentes iberos en el centro de la formación, mientras que lo mejor de su ejército se concentraba en las alas. Con ellas inició el ataque contra los cartagineses, mientras que el centro de la formación púnica, en donde se concentraba lo más fuerte de su ejército, nada podía hacer para no dejar desguarnecida la línea defensiva de unos desesperados cartagineses que observaban apesadumbrados, como los mejores soldados romanos se batían contra los más débiles del ejército púnico, sin que pudiesen hacer nada para remediarlo.

La victoria romana fue total. Gades, que lo vio todo perdido, rompió todas sus alianzas con Cartago y abrió las puertas de la localidad a los ejércitos romanos, poniendo fin a la presencia de los cartagineses en España.

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