LA HISTORICIDAD DEL ÉXODO

Juan Pablo Perabá
 
Los acontecimientos que narra el segundo libro de la Biblia y de la Torá judía y que le dan nombre han sido objeto de un profundo estudio y discusión en torno a su historicidad desde el nacimiento de la Arqueología bíblica en el siglo XIX. El principal problema que se presenta es la práctica inexistencia de fuentes egipcias contemporáneas a los hechos que puedan corroborarlos. Sin embargo, podría comprenderse esta falta de mención si tenemos en cuenta que los egipcios tendían a enorgullecerse de sus éxitos y ocultar sus fracasos; y no cabe duda de que no parece precisamente un éxito haber permitido el éxodo de los israelitas, fracasando en el intento de retenerlos.
 
Por otro lado, la ausencia de restos arqueológicos de la travesía por el desierto es más que comprensible si tenemos en cuenta que se trata de grupos nómadas. En cualquier caso, la misma naturaleza de la ciencia arqueológica hace que, si bien lo ya descubierto conduce a conclusiones científicas válidas, no podamos descartar otras diferentes en base a posibles descubrimientos futuros.
 
Estamos ante el acontecimiento más relevante de la historia del pueblo de Israel, hasta el punto de que podríamos considerarlo su hecho fundacional. Durante su prolongado peregrinaje fueron tomando conciencia y consolidándose como comunidad política, cultural y, ante todo, religiosa. Todo ello conducidos por un personaje como Moisés, profeta, legislador y líder de Israel, pero que también es tenido como tal por otras religiones abrahámicas, como el Cristianismo o el Islam. El libro no sólo contiene la mera narración de los acontecimientos, sino también himnos, salmos y leyes que siguen formado a día de hoy parte fundamental de la doctrina y la liturgia de los judíos. El nombre de Moisés no aparece en ninguna fuente egipcia contemporánea de los hechos. Hay que esperar al siglo III a. C. para encontrar una mención de parte de un cronista egipcio, Manetón, que además ni siquiera lo identifica como israelita, sino como sacerdote egipcio. La obra de Manetón no se ha conservado, de manera que es conocida únicamente por referencias de otros historiadores, como Flavio Josefo, el cual, en su obra Contra Apión, establece un paralelismo entre el relato bíblico del Éxodo y dos acontecimientos narrados por Manetón.
 
El primero de ellos, que habla de la salida de 450.000 personas identificadas como “reyes pastores hicsos”, es interpretado por Josefo como el Éxodo de los israelitas. El origen del término hicsos es la expresión egipcia heqa Jasut, que significa “reyes de tierras extranjeras”. Hay consenso entre los expertos en que los hicsos serían un pueblo de origen semita procedente de Siria o Canaán, que tras un proceso de progresiva penetración llegó a conquistar militarmente el territorio egipcio gracias a la superioridad técnica de su ejército, puesto que ya dominaban el uso del bronce en la fabricación de armamento. Josefo lo describe así:
 
“Durante el reinado de Tutimeos, la ira de Dios se abatió sobre nosotros; y de una extraña manera, desde las regiones hacia el Este, una raza desconocida de invasores se puso en marcha contra nuestro país, seguro de la victoria. Habiendo derrotado a los regidores del país, quemaron despiadadamente nuestras ciudades. Finalmente eligieron como rey a uno de ellos, de nombre Salitis, el cual situó su capital en Menfis, exigiendo tributos al Alto y Bajo Egipto”… (Flavio Josefo, Contra Apión).
 
En el segundo relato, Manetón narra que un sacerdote egipcio llamado Osarsef lideró a 80.000 leprosos en una sublevación contra Egipto. Josefo identifica a este sacerdote con Moisés, manteniendo que cambió su nombre. Muchos historiadores opinan que los términos “leprosos” o “sacerdotes leprosos” no se deben entender en sentido literal, sino que podrían referirse a personas que el Imperio consideraba ajenas a su cultura o extranjeros.
 
Existen varias teorías acerca de la fecha en la que se produjo la salida de Egipto y por tanto sobre qué faraón reinaría en ese momento. Se da la circunstancia de que en el libro no se especifica su nombre, sino únicamente su título (“Faraón”). La razón más plausible de esto puede ser de tipo religioso. Para los egipcios el faraón era considerado como un dios, y por tanto el mero hecho de pronunciar o escribir su nombre implicaba reconocerlo como tal, cosa que los israelitas no aceptaban, puesto que no reconocían más dios que Yaveh.
 
Aunque tradicionalmente se identificó a Faraón con Ramsés II, actualmente este dato se ha puesto en duda. La mayoría de los egiptólogos se inclinan actualmente por identificarlo con Tutmosis III, sexto faraón de la XVIII Dinastía que reinó entre 1.479 y 1.425 a.C.  Se le suele considerar uno de los faraones más importantes y poderosos de la historia de Egipto, alcanzando el Imperio durante su reinado su máxima extensión territorial.
 
La intensa actividad arquitectónica, tanto de construcción como de rehabilitación, llevada a cabo en la época hizo aumentar considerablemente la demanda de mano de obra. Una parte importante de esta demanda se cubrió con población de origen semita. Las condiciones de vida en situación de esclavitud a las que fueron sometidos crearon el caldo de cultivo que acabó haciendo necesaria la huida de Egipto.
 
Uno de los episodios más destacados del libro del Éxodo es el que relata las plagas, que son enviadas por Dios a Egipto ante la negativa del faraón a atender la petición de Moisés de que liberara a su pueblo. Existe en torno a este hecho un documento histórico ciertamente interesante cuyas coincidencias con el relato bíblico son sorprendentes. Se trata del Papiro Ipuwer, también conocido como de Leiden, traducido por A. H. Gardiner en 1.909 y que contiene la descripción de una serie de catástrofes de diversa índole acaecidas sobre Egipto, tales como hambre, sequías o fugas de esclavos, que presentan una inquietante similitud con las diez plagas narradas en la Biblia. Algunos autores como Goedicke y Velikovsky lo han propuesto como fuente histórica que corroboraría el relato bíblico. En el papiro se aprecian coincidencias en el orden de las plagas e incluso construcciones lingüísticas muy similares:
 
“La plaga está en todo el territorio. Sangre en todas partes”. (Papiro Ipuwer)
“Y hubo sangre por toda la tierra de Egipto”. (Éxodo 7:21)
“El río es sangre” (Papiro Ipuwer)
“Y toda el agua del río se volvió sangre.” (Éxodo 7:20)
 
El papiro no menciona directamente a los israelitas de forma explícita, pero sí hace referencia a una revuelta de esclavos, una columna de fuego y la desaparición de un faraón en circunstancias inexplicables:
 
“Contempla, el fuego ha montado encima sobre alto. Su combustión va en adelante contra los enemigos de la tierra” (Papiro Ipuwer)
“Yahveh iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudiesen marchar de día y de noche” (Éxodo 13:21)
 
El arqueólogo Henry Chevrier descubrió en 1.947 una estela en el Templo de Karnak en Tebas, que se dató en tiempos del faraón Ahmosis I, alrededor de 1.500 a.C. En ella se encuentra la descripción de una gran tormenta muy poco habitual en la zona y que podría corresponder con la que se describe en la Biblia en tiempos del Éxodo. Otro arqueólogo, Flinders Petrie hizo otro descubrimiento destacable: la Estela de Merneptah, sobre piedra de basalto negro, también conocida como la Estela de Israel porque, en sus últimas líneas se menciona brevemente una campaña en Canaán y aparece por primera vez en una fuente egipcia la palabra “Israel”, referida ya a una población dotada de cierta unidad. Esto podría interpretarse como una referencia acreditada en fuente histórica al pueblo de Israel una vez establecido en Canaán tras el éxodo por el desierto.
 
Acerca de otro de los episodios destacados del libro del Éxodo, el paso del Mar Rojo, existen algunos documentos egipcios que lo mencionan. Son los papiros Anastasi. En ellos, ciertos oficiales encargados de vigilar la frontera entre Egipto y el desierto del Sinaí, envían informes a sus superiores. El más interesante de ellos es Anastasi V, donde se relata la huida de dos esclavos que han atravesado la mencionada frontera, dibujando una ruta que podría ser muy similar a la que, según se describe en libro del Éxodo, siguió Moisés hacia el Sinaí. Dada la mencionada tendencia de los egipcios a ocultar o disimular en lo posible todo aquello que no les fuera favorable, bien podría ser que en lugar de ser solamente dos esclavos fuera un grupo de gente bastante más numeroso.
 
Las escasas fuentes egipcias son como pequeñas piezas de un rompecabezas que nos recuerdan al relato bíblico, pero que no podemos considerar como pruebas concluyentes. Es cierto que hay similitudes, pero no podemos saber si son fruto de la casualidad o no.
 
A modo de conclusión habría que decir es que estamos ante un relato recogido en la Biblia, que no es un documento histórico en sí mismo ni pretende serlo, por lo que no se le puede exigir ni presuponer una narración exhaustiva ni exacta de los hechos, sino que persigue más bien y ante todo un propósito de tipo religioso. Lo cual no quiere decir, sensu contrario, que tengamos necesariamente que descartar la historicidad de su contenido, al menos en lo esencial. También debemos tener en cuenta que los relatos pasaron de padres a hijos durante siglos, conformándose así una tradición oral plasmada por escrito según parece ya en el siglo VIII a.C. Como es fácil de suponer, en este proceso pudieron producirse las lógicas distorsiones e inexactitudes inevitables en procesos de este tipo.
 

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