LA ESPAÑOLIDAD DE DALÍ. EVOLUCIÓN IDEOLÓGICA DEL GENIO SURREALISTA

José Antonio de Bernaldo de Quirós

Salvador Dalí (1904-1989) fue uno de los artistas más importantes del siglo XX. Estaba dotado de una excepcional capacidad para el color y el dibujo, así como de una asombrosa inventiva, a lo que se suma un talento prodigioso para promocionarse y llamar la atención con sus extravagancias. 

Si en su etapa de pintor surrealista se le considera unánimemente como una de las cumbres de la pintura del siglo XX, bastantes obras de sus últimos años no gozan del mismo prestigio, entre otras razones por su tendencia a repetir los mismos motivos pictóricos. Además, algunos escándalos contribuyeron a mermar su prestigio en su última etapa, como la firma de hojas en blanco o las declaraciones de apoyo político a Franco con motivo de sus últimos fusilamientos (1974). Centrándonos en sus concepciones políticas, podríamos dividir su trayectoria en dos etapas: desde las ideas revolucionarias hasta la atracción por Hitler y el apoyo a Franco. Es curioso que siguiera una trayectoria paralela a la de su padre, que en su juventud era izquierdista y partidario de la república federal, pero que tras la II República pasó a considerar a Franco un salvador de la patria española. Y esto es curioso porque las relaciones de Dalí con su padre sufrieron fuertes altibajos (desde el intenso cariño del padre, a la expulsión de la familia y la reconciliación final). Dalí tenía como lengua materna el catalán. Además, desde muy temprana edad aprendió el castellano y el francés. Dominaba perfectamente las tres lenguas, si bien su ortografía era terriblemente mala en todas ellas.

Ideología de juventud.

En su primera etapa ideológica, Dalí hizo un mayor hincapié en su catalanismo. En 1919 creó, junto con unos amigos, la revista Studium, de orientación catalanista, si bien se redactó casi por completo en castellano. En el número 5, se habla de Dalí como “ferviente catalanista y fiel admirador de las letras catalanas”. ¿Excluía esto a España? No. En todos los números se publicaba una selección de versos de poetas “ibéricos” (Rubén Darío, Antonio Machado, Joan Maragall…), lo que indica que los jóvenes redactores incluían a Cataluña dentro de una comunidad más amplia. Por esta misma época Dalí escribe un diario en catalán, una novela en catalán y se declara defensor de la revolución comunista. Su afán destructor se extiende por igual a España y a Cataluña, así como a otros valores tradicionales, como la familia o la religión. Cuando habla de España por estos años es para denigrar al país. “España es una mierda, tanto el gobierno como el pueblo”, escribe en su diario en 1921. Cuando los españoles arrebatan a Abd el Krim la colina del Gurugú, en la guerra de Marruecos, Dalí se considera “totalmente moro” (Gibson, 1998, p. 127).

Parece probable que su estancia en Madrid (1922-1926), compartiendo experiencias en la Residencia de Estudiantes con Lorca y Buñuel, entre otros, influyera en su visión de Cataluña y España. Por ejemplo, señala Gibson que ya en 1923 empieza a convertirse poco a poco a la causa monárquica, a causa del favorable impacto que causa en él Alfonso XIII durante una visita del rey a la academia de San Fernando, donde estudiaba el pintor (Gibson, 1998, p. 154). En 1928 publicó en Barcelona, con algunos amigos, el Manifest antiartistic (o Manifest groc), donde criticaba el “grotesco y tristísimo espectáculo de la intelectualidad catalana de hoy, encerrada en un ambiente claustrofóbico y putrefacto”. Poco después, en una conferencia claramente epatante, pedía “la abolición de la sardana” y “combatir todo lo regional, típico, local, etc.” Pero Dalí tenía metralla contra todos: poco después (semanario Estampa de Barcelona, 6 de noviembre de 1928) considera “putrefactos” a todos los artistas españoles contemporáneos, con excepción de Picasso y Miró. (Siendo Miró catalán, es obvio que Dalí considera españoles a los catalanes. Nunca fue de otra manera). El 22 de marzo de 1930, en la conferencia “Posición moral del Surrealismo”, lanza un tremendo ataque contra Àngel Guimerà, “uno de nuestros personajes locales catalanes”, a quien llama “gran cerdo”, “gran pederasta” e “inmenso putrefacto”. Algo que en Cataluña resultó ciertamente imperdonable.  En el número de octubre de 1930 en la revista Le Surrealismo au service de la revolution volvió a proferir tremendos insultos contra los intelectuales españoles y catalanes (estos últimos, “son verdaderos puercos”). No parece necesario poner más ejemplos.

Etapa de transición.

Durante los años 30 Dalí conserva con toda energía su actitud destructiva. En un discurso en París (septiembre de 1931) maldice a “los Ortega y Gasset y los Marañones de España, gente que conserva las innobles ideas de patria y familia” (Gibson, 1998, p. 374). Sin embargo, empieza a mostrar algunas ideas muy contradictorias con esta actitud. Comienza a defender la pintura académica y a despreciar el arte moderno (Gibson, 1998, p. 413). Pero, sobre todo, sus destellos de simpatía por Hitler llevaron a André Breton a expulsarle del grupo surrealista. Por el momento la cosa quedó solo en intento, pero se materializó años después. Lo que es muy significativo es que cuando Lluís Companys proclamó “la República Catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica” en 1934, Dalí, que se encontraba en Cataluña, no expresó el menor apoyo a la idea, sino que se apresuró a salir hacia Francia.

No faltan en esta etapa referencias a su españolidad. “Todas las escenas de mi imaginación tienen a España como fondo; mi Cataluña o, tal vez, el sur de Andalucía”, declaraba a un periódico de Nueva York (Gibson, 1998, p. 433). Dalí apenas conocía personalmente Andalucía (en 1930 estuvo en Málaga, con su esposa Gala, poco más de un mes), por lo que en la mención de esta región podemos ver una referencia a algunas de las máximas influencias en su vida: Picasso, Lorca o Velázquez.

Etapa franquista y monárquica.

Durante la Guerra Civil española, Dalí vivió en Francia, y durante la II Guerra Mundial vivió en Estados Unidos. Después de varios años allí, deseoso como estaba de volver a su tierra natal, expresó pública y repetidamente su apoyo a Franco, por lo que las nuevas autoridades españolas le acogieron con los brazos abiertos a pesar de que les podía resultar incómodo por su pasado revolucionario y sus declaraciones escandalosas. Pero era una oportunidad de mostrar al mundo que no todos los artistas e intelectuales estaban con la República. En esta última etapa (en buena medida para estar a bien con el régimen franquista) afirma numerosísimas veces su españolidad; lo cual, insistimos, no le supone ningún conflicto con su catalanidad. Para él no hay la menor duda de que Cataluña es una parte de España. 

En una carta a Buñuel (1939) le habla de los sufrimientos padecidos por su padre y hermana bajo las autoridades republicanas durante la Guerra Civil. Su padre y muchos otros catalanistas son ahora acérrimos franquistas: “El ensayo revolucionario ha sido tan desastroso que todo el mundo prefiere Franco”. En otra carta posterior le declara: “Mi vida debe orientarse hacia España y Familia (Gibson, 1998, p. 501 y 503). Cómo han cambiado las cosas desde 1931.

Desde su vuelta a España, dueño ya de una enorme fortuna, durante años repetirá la misma rutina: Dalí y Gala residen durante los meses de buen tiempo en Port Lligat, y pasan los inviernos en París o Estados Unidos. Precisamente en Nueva York publica en un catálogo, en 1941: “Las dos cosas más afortunadas que podrían ocurrirle a un pintor contemporáneo son: primero, ser español; y, segundo, llamarse Dalí. A mí me han ocurrido ambas” (Gibson, 1998, p. 520).

En 1950 declara a la revista barcelonesa Destino que su pintura se va orientando a combinar el Surrealismo con el misticismo español. En mayo de este mismo año escribe para Vogue un artículo titulado “A España, guiado por Dalí”, donde recomienda el siguiente recorrido: Barcelona, Costa Brava, Montserrat, Madrid, Toledo, Ávila y Andalucía (Gibson, 1998, p. 578).

El 11 de noviembre de 1951 pronunció en Madrid (teatro María Guerrero) una célebre conferencia en la que se comparaba con Picasso. Entre otras cosas, señaló: “Picasso es español, yo también; Picasso es un genio, yo también; Picasso tendrá unos 72, y yo tendré unos 48; Picasso es conocido en todos los países del mundo, yo también; Picasso es comunista, yo tampoco”.

Dalí valoraba altamente su tradición española. Según Gibson (1998, p. 610), cuando en 1955 conoció y trabó amistad con la española Nanita Carretero (Nanita Kalaschnikoff), “los dos gozaban tremendamente de estar juntos, ciertamente, hablando sin parar de España y cantando fragmentos de sus zarzuelas favoritas, que se sabían de memoria.” Como hemos insistido, esto no estaba reñido con su catalanidad: “Mis influencias son catalanas, mi propio genio viene de Cataluña”, declara en el libro Las pasiones según Dalí, de Louis Pauwels (1968). Anota Gibson (1998, p. 659): “A Dalí le divertían sobremanera las ambigüedades que conllevaba ser a la vez español y catalán, y jugaba al máximo con ellas, irritando, al hacerlo, a no pocas personas”. Poco antes de la muerte de Franco, Dalí, cada vez más ferviente monárquico, declara: “Como todos los españoles, espero el reinado del príncipe Juan Carlos, el futuro rey de España” (Le Figaro, París, 2 de octubre de 1975). En los años siguientes, Dalí se mostraba feliz y orgulloso cada vez que tenía una entrevista con los reyes de España. Es muy probable que su admiración por don Juan Carlos tuviera una influencia decisiva en su testamento final.

Los testamentos de Dalí

Esta es una cuestión que siempre ha irritado profundamente a los separatistas catalanes. En su primer testamento (1960), Dalí (y Gala) cedían todos sus bienes artísticos al museo del Prado, y sus propiedades a la Dirección General de Bellas Artes (Ministerio de Educación Nacional). Nada para Cataluña. En 1974 cambiaron el testamento: lo que antes era para el museo del Prado ahora sería para el Teatro-Museo de Figueres, bajo la autoridad de Patrimonio Nacional. Un nuevo testamento, en 1980, cambiaba notablemente la situación: los bienes artísticos serían repartidos mitad y mitad: una parte para el estado español y la otra para el pueblo catalán, representado por la Generalitat de Cataluña. Pero en la definitiva redacción del testamento (1982), Dalí volvía a su voluntad de 1960 y lo legaba todo al estado español. En 1983, con motivo de la constitución de la Fundación Gala-Salvador Dalí, el artista fue bien explícito en su deseo de “reunir en España el mayor número posible de mis creaciones y obras de toda índole para que aquí puedan ser visitadas y estudiadas”. Añadía que deseaba convertir a Figueres en la meca cultural y museística de España y del mundo, gracias al museo Dalí, que sería “la fuente de los infinitos beneficios culturales que mi amor quiere para España, Cataluña, el Empordà y para mi querida ciudad de Figueres” (Gibson, 1989: p. 745-746).

Cuando Dalí murió, la reacción de numerosas autoridades y personas particulares catalanas, al ver que muchas obras de Dalí iban para Madrid, fue bochornosa. No conocían la última redacción del testamento, y no quisieron aceptar la voluntad del artista, por lo que achacaron esta a un engaño del estado español o a presiones ejercidas sobre el anciano artista. Pero se trataba del egoísmo excluyente de siempre: no podían comprender que un catalán tuviera una visión tan española que dejara sus bienes al conjunto del estado español y no a Cataluña. Por otra parte, como muy bien señala Gibson, “pocas personas se pararon a considerar que, a la vista de las generosas donaciones hechas por el pintor, antes de su muerte, al pueblo de Figueres y a la nueva Fundación Gala-Salvador Dalí, Cataluña ya había recibido una considerable herencia anticipada, con lo cual se disminuía lo que quedaba para el resto del Estado.” (Gibson, 1989, p. 775).

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