LA BATALLA DE MILAZZO. EL RENACIMIENTO DE LAS ARMAS ESPAÑOLAS

Martí P. Coronado.

Aislado en Sicilia, el marqués de Lede fue consciente de la firma del tratado de la Cuádruple Alianza entre Francia, Gran Bretaña y el Imperio Austríaco (Holanda se incorporó algo más tarde), por lo que adoptó una posición defensiva con el único objetivo de resistir el mayor tiempo posible y, de esta forma, salvar a su ejército, que ahora se encontraba en una situación más que comprometida. Aun así, el marqués tomó una decisión arriesgada: atacar la ciudad de Mesina para evitar que el enemigo tuviese una base segura para desembarcar sus tropas en la isla. Tras la conquista de la localidad por parte de los españoles, el marqués de Lede decidió llevar sus tropas hasta Milazzo para someterla a un asedio. Allí se desarrolló una de las batallas terrestres más importante del conflicto el día 15 de octubre de 1718; las consecuencias no fueron decisivas para ninguno de los dos bandos, si bien puso de manifiesto la mejoría del ejército español a principios de este siglo XVIII.

El 5 de octubre las primeras fuerzas sitiadoras, al mando del teniente general José de Armendáriz, empezaron a desplegarse frente a la ciudad de Milazzo. El contingente estaba formado por las Guardias Españolas, el Regimiento de Castilla y los Dragones de Batavia; junto a ellos se desplegaron unos quinientos granaderos y otros trescientos dragones al mando del futuro marqués de la Mina. El día 8 llegaron los regimientos de Guadalajara, Aragón, Borgoña y Milán junto a la artillería y el grueso de las provisiones y la munición, mientras que el 14 hicieron acto de presencia los regimientos irlandeses y el Regimiento de Caballería Farnesio, del que formaban parte el marqués de Lede y José Patiño. Ante esta situación, el comandante imperial Caraffa decidió realizar una ofensiva inmediata para levantar el asedio y, como consecuencia, permitir el necesario desembarco de los víveres y municiones que necesitaba la plaza para poder resistir ante la presión de los españoles.

Tras una tensa espera, y antes de que los primeros rayos de luz alumbrasen las murallas de la ciudad de Milazzo, las tropas imperiales, apoyadas por las de Saboya, cayeron sobre las desprevenidas tropas españolas. En total, los imperiales contaban con unos once batallones de infantería comandados por el general Wallis y siete escuadrones de dragones al mando de Veterani. Gracias a la superioridad naval propiciada por sus aliados ingleses, los austríacos pudieron contar con cuatro galeras napolitanas, que fueron empleadas para bombardear las posiciones españolas en su flanco derecho. Según los escritos del marqués de Mina, cuando se produjo el ataque la mayor parte de los soldados españoles se encontraba descansando tranquilamente en el interior de sus tiendas, por lo que no tardó en cundir el caos entre sus filas. Inmediatamente, los imperiales lograron avanzar contra el centro de la formación hispana, provocando el retroceso de los regimientos de Aragón, Guadalajara y Castilla, casi al mismo tiempo que Caffara cargaba con sus dragones contra el flanco izquierdo español, poniendo en retirada al Regimiento de Caballería de Salamanca y los Dragones de Lusitania.

La victoria parecía estar al alcance de las manos de los imperiales, pero en el momento álgido de la batalla el marqués de Lede empezó a dar muestras de su determinación y capacidad de mando. Cuando cualquier tipo de resistencia se antojaba irrealizable, ordenó a las Guardias Españolas y al Regimiento de Castilla pasar a la ofensiva, mientras que el resto de las fuerzas terrestres empezó a recomponer sus líneas. Al mismo tiempo, la caballería del Regimiento de Farnesio y los Dragones de Batavia marcharon rápidamente hacia el flanco izquierdo, donde la situación era más comprometida, en un movimiento audaz con el que se logró detener el empuje imperial. A pesar de todo, la caballería austríaca al mando de Veterani siguió presionando en este sector, pero se encontraron con una muralla de bayonetas españolas que les hicieron retroceder. Mientras tanto, en el flanco derecho fueron las Guardias Españolas las que empezaron a presionar a la infantería imperial, por lo que Caraffa ordenó el repliegue para buscar protección en el interior de Milazzo.

 

FRAGMENTO DEL ARTÍCULO PUBLICADO EN EL NÚMERO CERO DE LA REVISTA LAUS HISPANIAE

 

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