La batalla de la isla Terceira. Operaciones terrestres

Álvaro Vázquez Cabrera

 

Desde principios del año 1583, el rey Felipe II empezó a tomar medidas con el objetivo de anticiparse a la más que probable llegada de la ayuda francesa. El 10 de febrero, el marqués recibió instrucciones del monarca para organizar la armada y, así, salir a la mar en el plazo de un mes. Por esas fechas, se concentraron en Lisboa dos galeazas napolitanas, doce galeras españolas, cinco galeones, diecisiete naves mediterráneas, siete naves cantábricas, doce carabelas portuguesas y siete barcazas de desembarco. Otras siete naos gruesas, doce pataches y quince pinazas besugueras estaban armándose en los puertos del Cantábrico bajo el mando del capitán general de la provincia de Guipúzcoa, García de Arce. También se incorporaron doscientos marineros de Cataluña y cuatrocientos genoveses para ser distribuidos entre la armada.

Felipe II se dio cuenta de que era necesario acelerar los preparativos en cuanto a la aguada y el embarque de bastimentos se refiere, siendo estos elementos los que podían provocar que se dilatara la partida de la flota. Los cincuenta días que tenían que transcurrir entre las instrucciones y mediados de abril, fecha estimada para su salida, era un plazo corto para terminar la grancantidad de actividades necesarias para poner en disposición de guerra todos los buques y hombres que el marqués tenía en mente: cien embarcaciones de todo tipo y unos quince mil hombres.

Finalmente, la armada estuvo lista bien pasada las fechas previstas, partiendo hacia las Azores el 23 de junio. Este atraso provocó la pérdida de ventaja y de anticipación a la llegada de los franceses. Las instrucciones de Felipe II a Bazán eran destruir cualquier armada o navío enemigo o que acudiera en ayuda de la isla. El marqués no debería saltar a tierra para dirigir laconquista, sino permanecer embarcado al mando de la armada, siendo don Lope de Figueroa quien dirigiría la invasión. Sin embargo, Bazán podría saltar a tierra en el caso de ausencia de amenaza naval, dejando en el mar a una persona capacitada paradestruir cualquier buque enemigo. Otra de las órdenes del monarca era que los rebeldes volviesen por convencimiento a laobediencia del rey. Ciudades como Angra o Plaia no podían ser saqueadas, excepto monasterios e iglesias, si su población ofrecía obediencia. Para la reducción de las islas de Fayal y San Jorge se seguiría la misma política. 

Tras la derrota del año anterior por las tropas de Bazán, los franceses intentaron organizar una nueva armada para vengarse deaquel fracaso. Debido a la insuficiente existencia de buques y navíos en Francia, Enrique III intentó buscar fondos para obtener armamento, mientras su  madre, Catalina de Médicis, acudía en ayuda, en repetidas ocasiones, de países escandinavos.Por su parte, el prior don Antonio mantuvo conversaciones con el sultán turco para convencerlo del envío de una armada a lasAzores. El embajador español en París, Juan Bautista de Tassis, informó a Felipe II de la preparación en Francia de una armadade entre seis y ocho navíos, con más de mil hombres de guerra, creyendo que su destino no sería las Azores, sino las costas gallegas o portuguesas. Sin embargo, Tassis se equivocaba por completo. Sobre los ingleses, el monarca español recibía información del embajador Bernardino de Mendoza. La reina Isabel se mostraba cautelosa a la hora de intervenir en favor del prior de Crato en colaboración con los franceses; aunque, al final, ayudaría con la aportación de cuatro compañías.

Según la Relación del viaje del comendador de Chaste, la armada estaba formada por quince buques (siete naos, cuatro galeones, dos navíos ingleses, una urca y una carabela) provistos de pólvora, munición, armas, instrumentos de ingeniería militar y unas cien piezas de artillería gruesa. El contingente humano era de entre mil y mil doscientos hombres, así como quinientos soldados franceses procedentes de la tropa embarcada un año antes por Strozzi. Todo ello al mando de los capitanes Charles de Bordeaux y Baptiste. A esto hay que sumar los, según el rebelde Prior, seis mil o siete mil portugueses armadosbajo las órdenes del gobernador Manuel de Silva. La llegada de Chaste se produjo el 14 de junio, reorganizando la defensa de la isla a base de una cadena costera formada por cuarenta y cuatro fuertes, y unas trescientas piezas de artillería gruesa desplegadas en la costa meridional y levantina, la más vulnerable a los ataques marítimos.

El 23 de junio, partió la armada española del estuario del Tajo, con noventa y una embarcaciones y unos once mil hombres,convirtiéndose en la tropa embarcada más poderosa cuantitativamente y, posiblemente, la mejor de Europa cualitativamente. A pesar de algunos contratiempos durante el viaje, llegaron algunas galeras a San Miguel el 3 de julio, y el 13 el resto de la armada a Villafranca y Punta Delgada. Hasta el día 19 se dedicaron a distribuir la artillería, los carros y los mulos. El 23 de julio, cundió el pánico en la isla al divisar la presencia de la potente armada de Bazán, que provocó la huida de tres naos de la armada de Chaste. La armada del Marqués envió un emisario para pedir la paz de parte del rey, prometiendo la salida libre a los extranjeros con armas; sin embargo, fue recibido con fuego de artillería, mosquete y arcabuz. Ante tal fracaso del intento de paz, don Álvaro de Bazán decidió enviar a dos portugueses, apresados días antes, con una carta dirigida al gobernador rebelde; pero corrieron la misma suerte, siendo rechazados.

Tras varios reconocimientos de la isla para elegir el lugar para desembarcar, que finalmente sería la ensenada de las Molas, fue enviada la primera barcada, constituida por «quatro mil soldados escogidos de todos los tercios con los maestres de campo y capitanes». El desembarco aconteció en la madrugada del día 26. Diez galeras de boga silenciosa se dirigieron hacia la cala de las Molas, mientras las otras dos galeras se disponían a bombardear Plaia y fijar las tropas francesas allí estacionadas. Plaia fue defendida por la compañía del capitán Bourguignon, formada por cincuenta franceses y doscientos portugueses. Los españoles, cargados con armamento completo y aprovisionamientos para tres días, asaltaron las trincheras, provocando la huida de los portugueses y treinta y cinco bajas francesas, entre ellas la del propio capitán. Según algunos testigos, el asalto duró una media hora escasa. Desde Plaia y otras posiciones acudieron refuerzos, previamente avisados por señales de humo y repique de campanas. Don Francisco de Bobadilla, maestre de campo, formó con rapidez las compañías a medida de la llegada de hombres a tierra y organizando las tropas de arcabuceros en los flancos del escuadrón. Por su parte, el maestre de campo Agustín Iñiguez quedó en la retaguardia con arcabuceros flanqueando el lugar del desembarco. El capitán Agustín de Herrera ocupó una posición fuerte por el sur para intentar frenar los posibles refuerzos del enemigo. Finalmente, los dos grandes estrategas de la armada, el marqués de Santa Cruz y don Lope de Figueroa, se dirigieron hacia la villa de San Sebastián…

(Fragmento del artículo publicado en el número 5 de nuestra revista. Para leer más, haz click a continuación).

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