ISABEL LA CATÓLICA: LA PRINCESA NO DESTINADA A SER REINA

Javier Ramos, creador del blog Lugares con Historia.

Mujer de gran carácter que vivió en un tiempo en el que los hombres regían los designios de los reinos, Isabel I de Castilla demostró ser una estratega cuando llegó al poder, a la vez que sentó las bases del Estado moderno español. Consiguió pacificar el reino, acometer el final de la Reconquista, apadrinar la hazaña del descubrimiento de América y ayudar a su marido Fernando a doblegar a Francia en la pugna por el reino de Nápoles. La labor de Isabel fue determinante para el nacimiento del primer imperio de la Edad Moderna.

Isabel de Trastámara nació en la primavera de 1451, cuando su madre, Isabel de Portugal, la segunda esposa del rey Juan II de Castilla, diera a luz en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) a una niña muy blanca y rubia. Sorprende lo poco que se sabe de la primera época de Isabel, cuando era infanta de Castilla, tanto mientras vivió con su padre como durante los años que pasó con su madre, una vez viuda, en Arévalo. Quizá sea por la poca importancia que se daba entonces a la futura gran reina. Se trataba de una Infanta de Castilla, por lo que figuraba en la línea sucesoria al trono tras su hermanastro Enrique IV y su hermano Alfonso; pero nadie pensaba en ella, posiblemente porque Enrique IV ya jugaba un papel político de primer orden cuando era príncipe de Asturias.

Poco sabemos de la infanta Isabel en sus primeros años de orfandad (su padre Juan II había muerto en el año 1454 cuando ella tenía tres años), salvo que los vivió en Arévalo, donde se refugió su madre. Era un ambiente en buena medida portugués. Durante siete años, entre 1454 y 1461, la villa de Arévalo se convertiría en el hogar de la infanta. Su tutoría, al igual que la de su hermano Alfonso, quedaría bajo el cuidado de la reina viuda, asistida por dos personajes de la Iglesia: el obispo de Cuenca, Lope de Barrientos, y el prior del monasterio de Guadalupe, fray Gonzalo Illescas.

Los años tranquilos de la infancia de Isabel, pasados en el castillo de Arévalo, finalizaron con una noticia que lo cambiaría todo: el embarazo de Juana de Avís, una portuguesa que se había convertido en reina de Castilla tras el ascenso al trono de su marido Enrique IV (el hermanastro de Isabel). La infanta pasaba de la descuidada niñez a las preocupaciones de una vida cortesana, siempre llena de asechanzas. Con motivo del nacimiento de la princesa Juana, Isabel fue llamada a la Corte en 1461, donde entraría de lleno en la vorágine de la gran política.

El embarazo de la reina anunciaba un cambio inmediato en algo tan importante como el orden sucesorio al trono de Castilla. Hasta entonces, ese orden recaía en los hermanastros del rey, los infantes Alfonso e Isabel. Ahora, ambos quedaban postergados a un lugar secundario, desplazados del poder por el hijo o hija que diese a luz la reina Juana. Finalmente vino a la vida una niña, Juana de Castilla, a la que la maledicencia cortesana pondría años después un humillante título: la Beltraneja. 

Fragmento del artículo publicado en el número 2 de la revista Laus Hispaniae. Si quieres leerlo completo, puedes compra la revista a continuación.

 

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