FRAY JUNÍPERO SERRA. UN SANTO MISIONERO

Juan Pablo Perabá

Director de Laus Hispaniae

De entre los personajes de nuestra historia que necesitan y merecen una completa rehabilitación de su reputación pública, socavada sobre todo recientemente fruto de la ignorancia o el sectarismo, es necesario mencionar a un humilde fraile franciscano que, en el siglo XVIII, lo abandonó todo en su tierra natal para partir hacia América, con el propósito de proporcionar a los indios de la costa oeste un modelo de civilización, de cultura, de progreso económico y de fe propio de la Europa cristiana. Hablemos de fray Junípero Serra.

Y hablamos de ignorancia y sectarismo porque no de otra manera cabe calificar la destrucción de las estatuas de este gran hombre ocurridas en un parque de San Francisco, en Estados Unidos. No podemos sino suscribir la amarga pregunta que formula García de Cortázar: «¿Quién detendrá esta cruzada irresponsable, esta conjura de los necios, este auto de fe contra una historia cultural, esta causa abierta contra una civilización?». Es especialmente sangrante si consideramos el hecho de que varias de las grandes ciudades de la costa californiana de Estados Unidos, como la citada San Francisco, San Diego o Los Ángeles, tienen su origen en las misiones que fundó este fraile, cuya memoria ahora es mancillada.  Y que la obra fundamental de Serra fue la fundación de misiones en las que, junto a la evangelización de las almas –cometido fundamental por su condición de religioso–, se procuró la formación integral de los indios y la enseñanza de mecanismos de subsistencia económica como agricultura, ganadería o diferentes oficios artesanos, tales como carpintería, albañilería, herrería, cerámica y tejeduría, en grupos humanos que, en algunos casos, permanecían aún en la economía de cazadores-recolectores. En sus propias palabras, «la salvación de los indios es el propósito de nuestra presencia aquí, y su única justificación».

Sus orígenes los encontramos en una pequeña localidad de Mallorca, Petra, donde nació en 1713. Fue el único superviviente de cinco hermanos. Su nombre de bautismo era Miguel José. Sus padres, Antonio Serra y Margarita Ferrer, humildes labradores sin cultura alguna, decidieron que su hijo estudiara con los franciscanos del convento de San Bernardino. De allí pasaría en 1729 al convento de San Francisco, en Palma de Mallorca, para continuar sus estudios. A los dieciséis años, en 1731, adquirió la condición de fraile, tomando el nombre de Junípero.  Tras cursar tres años de Filosofía y cuatro de Teología, fue ordenado sacerdote. A instancias de sus superiores, que apreciaron en él grandes aptitudes intelectuales, emprendió el camino del oficio de docente, ganando por oposición la cátedra de Filosofía en el convento de Palma, que ejercería durante tres años (1740-1743). Después ejercería como profesor de Teología Escotista en la Universidad Luliana de esta misma ciudad. 

Sin embargo, la misión fundamental de su vida comenzaría tras su decisión de abandonarlo todo para partir hacia América, acompañado de otros veinte misioneros franciscanos, donde desarrollaría la labor por la que merece ser recordado. Muchos años después, siendo ya anciano, rememoraría de esta manera su partida definitiva, pues falleció en Monterrey (México), hacia tierras americanas: «Cuando salí de esa mi amable patria, hice ánimo de dejarla no solo corporalmente. Con varias personas pudiera haber mantenido correspondencia por cartas, pero haber de tener continuamente en la memoria lo dejado, ¿para qué fuera el dejarlo?». Partió, pues, nuestro fraile allá por el año 1748 hacia América, donde transcurriría el resto de su vida y llevaría a cabo la satisfacción de su auténtica vocación, la de misionero.  Para ello había pedido, por carta enviada al comisario general de Indias, autorización para tal viaje, que le fue inmediatamente concedida. Compartía con él esta intención el padre Francisco Palou, que sería su compañero de aventuras, a la vez que biógrafo y confesor. Es conocido a partir de ahora el periplo vital de fray Junípero gracias a la documentación que se conserva de su puño y letra, sobre todo cartas.

(Fragmento del artículo publicado en el número 4 de Laus Hispaniae. Pincha a continuación para leer más).

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