Encamisadas, operaciones especiales de los tercios

José Carlos Mena

El poderío de los tercios españoles, una de las infanterías más famosas del mundo, traspasó fronteras y fue motivo de alabanza y miedo, objeto de poemas y sonetos, novelas y exaltaciones. Calderón de la Barca, Cervantes, Quevedo y Garcilaso de la Vega, entre otros grandes, alabaron las hazañas de los tercios. Es más, alguno de ellos incluso sirvió en ellos

Hoy, cada vez son más los autores, expertos y profesionales que escriben sobre los tercios españoles y sus gestas, sobre sus soldados, curtidos en cientos de batallas, así como del temor y el respeto sembrado por toda Europa. Una fama bien ganada, digna de homenajes y menciones.

De los tercios cada vez se conocen más datos, hechos heroicos, defensas gloriosas y curiosidades, pero son las «encamisadas» la acciones que más me entusiasman y que me han llevado a escribir este artículo.

¿Qué era una encamisada de los Tercios? Recordemos la escena inicial de la película Alatriste: los soldados, con Viggo Mortensen a la cabeza, vestidos de blanco, armados y dispuestos, se aproximan sigilosamente al campamento enemigo. Eso, gráficamente, era una encamisada, una táctica de comandos que se llevó a efecto por los tercios españoles, alcanzando gran notoriedad y causando pavor en las tropas enemigas. Y don Arturo Pérez-Reverte las describe en algunas de Las aventuras del capitán Alatriste, sobre todo en la tercera entrega de la saga, titulada Sol de Breda.

A mí me gusta novelar, dotar de vida a los personajes, por lo que me imagino la acción, una noche cualquiera, en un campamento enemigo cualquiera, cuajado de incertidumbre y tensión; ante una ciudad asediada, allá por las llanuras frías de Flandes. Sí, me lo imagino de esta manera:

«Apenas son cincuenta y se sacuden las tensiones soltando maldiciones por la boca. Un hideputa a tiempo siembre viene bien a la hora de tratar al enemigo que te lo está poniendo difícil. Algunos protestan porque no es un acto de caballeros, pero la mayoría asiente con firmeza y se apresta para llevar a cabo la misión. ¡Pardiez!, aquí no se duda.

»Y como sombras funestas que se acercan al enemigo, con sigilo y tremenda audacia, los elegidos, con los dientes apretados y las armas preparadas para hacer sangre, inician la marcha hacia el campamento enemigo, por aquella vereda de fango y penumbra. La noche es su único abrigo y la experiencia en aquellos lares hará el resto.

»No hay temor alguno; firmes y seguros, desean aprovechar el momento para sembrar la duda y el terror. Había llegado el momento de asestar el golpe definitivo, había llegado el momento de destruir y de matar herejes, cuantos más mejor, para evitar que la plaza sucumbiera. No habría piedad».

 

(Fragmento del artículo publicado en el número 9 de nuestra revista. Para leer más, haz click a continuación).

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