El trato a la nobleza indígena en América

 

Ricardo Pérez Gómez

El trato dado por la monarquía hispánica a los pueblos originarios de las denominadas Indias occidentales durante los tres siglos que duró su presencia en el continente americano es señalado recurrentemente de manera negativa, formando parte importante de la Leyenda Negra. Desafortunadamente, no suelen gozar de la misma publicidad las medidas tomadas para proteger a los indígenas, considerados súbditos con iguales derechos que los blancos europeos y objeto de especial protección. Un buen ejemplo de esto último fue el trato dado a los familiares y descendientes de sus monarcas y caciques, a quienes se otorgaron fueros y privilegios equiparables a los de la nobleza española, además de permitírseles conservar los suyos ancestrales. No en vano, Carlos V los consideraba oficialmente como sus primos y hasta les dio la orden del Toisón de Oro, igualándolos así con los monarcas europeos.

Por supuesto, no estuvieron estas medidas desprovistas de interés político, pues fueron parte importante de la estrategia de la monarquía hispánica de atraerse a las poblaciones indígenas ganándose a sus dirigentes. Pero esta misma táctica era seguida por todas las casas reales europeas, que concertaban matrimonios entre sus integrantes con fines eminentemente políticos. Si no hubiese sido así en el caso de la relación de los reyes españoles con la nobleza indoamericana, esos privilegios no se hubieran mantenido mucho más allá del tiempo inmediato al Descubrimiento, en el que la evidente inferioridad numérica de los recién llegados españoles habría servido de único justificante. No sería sino hasta principios del xix cuando, con la llegada de las revoluciones de independencia hispanoamericanas, los blancos criollos –los verdaderos adversarios de la nobleza indígena– acabarían con todos sus privilegios. A continuación se exponen algunos ejemplos de ese trato entre iguales que los reyes de España ofrecieron a la nobleza indígena americana.

Con relación a la realeza inca, los restos mortales de los combativos monarcas Atahualpa y Túpac Amaru I fueron honrados de acuerdo con el protocolo utilizado con los nobles cristianos de sangre real, siendo depositados con gran pompa y boato en los altares mayores de la iglesia de San Francisco de Cajamarca y de la catedral de Cuzco, respectivamente. En el caso de Atahualpa, sus esposas e hijos fueron cuidados y protegidos conforme a la palabra dada por Pizarro antes de que el gran inca fuera juzgado y ejecutado; de hecho, varios de ellos se trasladaron a vivir a la península ibérica, donde disfrutaron del mismo trato dado a cualquier noble castellano. Así pues, no es de extrañar que tuviésemos a un descendiente de la aristocracia inca como diputado en las Cortes de Cádiz de 1812: Dionisio Yupanqui, llegado de niño desde Perú para formarse en el Real Seminario de Nobles de Madrid gracias a una beca otorgada por Carlos III, precisamente por su condición de perteneciente a la nobleza incaica.

(Fragmento del artículo publicado en el número 7 de nuestra revista. Para leer completo y mucho más, puedes hacer click a continuación).

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