El sitio de Malta. Los tercios contra el islam

 

Francisco Hernández

A finales de 1522, los caballeros de la Orden de Malta habían sido expulsados de su base en Rodas por el sultán del Imperio otomano, Solimán el Magnífico, tras un sitio de seis meses. Entre 1523 y 1530 los caballeros no tuvieron asentamiento alguno, hasta que el rey de España Carlos I les ofreció las islas de Malta y Gozo a cambio de un pago simbólico anual, consistente en un halcón que se enviaría al virrey de Sicilia, y una misa a celebrar el Día de Todos Los Santos.

Situada estratégicamente al sur de Sicilia y casi equidistante de las costas libias y tunecinas, Malta controlaba las rutas comerciales entre el mar Mediterráneo occidental y el oriental, así como las que unían la península itálica y el norte de África. Dotada de excelentes puertos naturales, su caída en manos turcas hubiera tenido consecuencias nefastas para la Europa cristiana.

Los almirantes otomanos veían peligrar cada vez más sus negocios en Berbería, por lo que enviaron innumerables cartas al Gran Solimán solicitando que atacase la estratégica isla de Malta. Inmediatamente, el sultán ordenó a Pialí Bajá, el almirante de su flota, que comenzara el acopio de navíos, gente de remo, hombres de armas, artillería, municiones, bastimentos y todo el aparato necesario para la campaña.

A principios de 1565, el gran maestre de la orden (Jean de la Valette) recibió informes de sus espías en Constantinopla sobre una invasión que se estaba preparando. Valette cometió una grave falta de previsión al empezar con retraso las medidas defensivas más elementales: reclutar soldados en Italia, acumular víveres, acelerar los trabajos de reparación y reestructuración en los fuertes de San Ángel, San Miguel y San Telmo, evacuar a los civiles y llevar a cabo una estrategia de tierra quemada en Malta y Gozo, complicando el avituallamiento enemigo. Valette dudó antes de tomar tan duras medidas por la cuantía del gasto y la creencia de que el enemigo no llegaría antes de junio, cuando realmente se presentó el 18 de mayo de 1565.

El Gran Turco, en la cumbre de su poderío, había reunido para la toma de Malta una de las más grandes armadas vistas hasta entonces. El viernes 18 de mayo se divisó la llegada de la escuadra otomana a unas treinta millas hacia levante. Ciento treinta galeras, treinta galeotas, nueve mahonas, diez bajeles y doscientos caramuzales portaban casi cincuenta mil efectivos, temerarios aventureros de mar y de guerra que iban a veces vestidos con pieles de leones y plumas de aves rapaces. Traían una gran batería de artillería, municiones y provisiones para seis meses.

Los turcos tardaron varios días en desembarcar su ejército, con gran estrépito de clarines, trompetas y atabales. Valette había decidido que era mejor táctica esperar en los fortines y desgastar poco a poco a los otomanos con salidas fugaces de caballería, en espera de la llegada de refuerzos. Así, el 24 de mayo comenzaron a atrincherarse en torno al pequeño fuerte, instalando veintiún cañones de batida y empezando de inmediato el bombardeo. El lunes 28, los cañones turcos comenzaron a escupir sus proyectiles de fuego contra las defensas de San Telmo, la Ciudad Vieja, el Burgo y San Miguel.

El fuerte de San Telmo estaba defendido por aproximadamente cien caballeros y quinientos soldados, a los que Valette había ordenado luchar hasta el final. El continuo bombardeo redujo el fuerte a escombros en menos de una semana. El 8 de junio los caballeros se encontraban al borde del motín y enviaron un mensaje al gran maestre pidiendo permiso para hacer una salida y poder morir con la espada en la mano. El gran maestre dijo que podría relevarlos si los caballeros tenían miedo de morir del modo que les había ordenado. Aunque avergonzada, la guarnición se mantuvo firme y rechazó numerosos asaltos del enemigo. Logró así postergar hasta un mes la toma del fuerte.

Finalmente, el 23 de junio, los turcos consiguieron tomar lo que quedaba del fuerte de San Telmo, matando a todos los defensores excepto a nueve caballeros, que fueron capturados por los corsarios, y un pequeño puñado que logró escapar. La situación parecía desesperada para los ya escasos defensores de Malta; afortunadamente, un contingente español ya se encontraba en camino para protagonizar una de los gestas más recordadas de las armas españolas.

(Fragmento del artículo publicado en el número 8 de nuestra revista. Para leer más, haz click a continuación).

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