El origen del monacato cristiano

Javier Martínez-Pinna

La caída del Imperio romano occidental trajo consigo el inicio de un periodo caracterizado por la dispersión de fuerzas políticas y culturales. Pero, en medio de este proceso, y obligada a superar enormes dificultades, la Iglesia consiguió erigirse como la fuerza unitaria y cohesionadora de los nuevos reinos surgidos por la unión de elementos romanos y germanos. En la implantación del cristianismo tiene una especial relevancia el mundo monacal. Después de la muerte de los apóstoles y los que habían convivido con el Mesías durante su predicación pública, el fervor de los creyentes empezó a declinar, especialmente cuando el cristianismo se abrió a pueblos extranjeros con arraigadas costumbres paganas. La austeridad de la Iglesia se fue relajando y, por eso, muchos creyentes que aún vivían el fervor apostólico abandonaron las ciudades y se establecieron en lugares apartados para practicar las reglas que ellos consideraban propias de los apóstoles. Estos nuevos monjes no solo buscaban a Dios a partir de la oración y la soledad, también eran hombres que anhelaban la paz y la tranquilidad en un mundo cada vez más hostil, anárquico y fragmentado.

Oriente fue el pionero del monacato cristiano al encontrar modelos tanto en el medio judío (caso de los esenios) como en el helenístico (conventículos neoplatónicos o pitagóricos). En esta zona, desde el siglo III empezaron a aparecer los dos tipos principales de monjes: los que aspiraban al aislamiento total de la persona, como eremitas o anacoretas, y los que propugnaban la vida en común. En Oriente destacó la figura arquetípica de san Antonio Abad (260-356) —quien se retiró a la Tebaida para adoptar una forma de vida que se convertiría en modelo de la literatura hagiográfica medieval— y san Pacomio (286-346) —que defiendía la práctica de la castidad, la obediencia y la pobreza—, mientras que san Basilio, ya en el siglo IV, es el padre de los monasterios orientales por su intento de recuperar la vida apostólica en las comunidades religiosas. A diferencia de la zona oriental, en el occidente europeo no existía una fuerte base monástica. Aquí asistimos a la consolidación como consecuencia de la dispersión de núcleos monásticos a partir de focos concretos que abogaban por un sistema de vida en común. Entre todas las corrientes monásticas dos terminaron imponiéndose: la céltica y la benedictina.

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