CARTAGENA DE INDIAS. ESPAÑA CONTRA INGLATERRA

 

Martí P. Coronado, autor de La Guerra del Asiento. España contra Inglaterra.

A finales del siglo XVII, el antaño poderoso reino de España languidecía tras una larga e intensa crisis económica, política y moral. La muerte sin descendencia del rey Carlos II provocó el estallido de la Guerra de Sucesión, con la participación de las grandes potencias europeas, que lucharon entre sí con la intención de apoderarse de los territorios del debilitado imperio hispánico. Tras la firma de los tratados de paz, España pasó a convertirse en una potencia de segundo orden, fragmentada, humillada y con menos peso en la esfera internacional.

Esta situación fue aprovechada por los ingleses, ya que para ellos había llegado el momento de ver cumplido su antiguo sueño: arrebatar a España los territorios americanos y hacerse con el control de las rutas oceánicas. La Guerra del Asiento (1739-1748) entre los españoles y los británicos fue, por el volumen de los medios utilizados por ambos contendientes, por la enormidad del espacio geográfico donde se llevaron a cabo los principales hechos militares, y por los objetivos y planes estratégicos que perseguían ambos países, un conflicto que puede ser considerado como una de las primeras guerras modernas de la historia. Su resultado quedó marcado por la decisiva batalla de Cartagena de Indias, donde brilló con luz propia uno de los militares más afamados de nuestra historia patria: Blas de Lezo.

Con la firma del Tratado de Utrecht, España salía seriamente perjudicada del conflicto, no solo por sus pérdidas territoriales, sino también por las concesiones económicas que se vio obligada a ofrecer a Gran Bretaña, especialmente el Navío de Permiso y el Asiento de Negros. El Navío de Permiso fue un acuerdo por el que se le concedía a Gran Bretaña la autorización para enviar un barco anual con capacidad para 500 toneladas a las colonias americanas para poder comerciar con ellas. Aunque pueda parecer un asunto baladí, este hecho suponía un serio quebranto a los intereses españoles en América, ya que, por primera vez, se rompía el monopolio comercial con sus territorios de ultramar. De esta forma, Inglaterra conseguía aquello por lo que durante tanto tiempo había luchado: abrir las plazas españolas a sus mercancías. Como cabe imaginar, los british no se contentaron con la posibilidad de comerciar con un solo navío, por lo que desde el principio dieron muestras de su voluntad de no respetar lo acordado en Utrecht. 

Fragmento del artículo publicado en el número 2 de nuestra revista. Si quieres leerlo completo, puedes pinchar a continuación:

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