BATALLA DE NÖRDLINGEN. NO HAY SOLDADO DE INFANTERÍA COMO EL ESPAÑOL

Laus Hispaniae

La guerra de los 30 Años (1618-1648) fue un violento conflicto que tuvo lugar en Europa central y en la que participaron las principales potencias de la primera mitad del siglo XVII. Comenzó como un enfrentamiento de carácter religioso entre católicos y protestantes en el territorio del Sacro Imperio Romano Germánico. Sin embargo, debido a su expansión, arrastró al campo de batalla a las principales potencias europeas del momento. En esta guerra se enfrentaron dos grandes bandos: los católicos, con España a la cabeza, y las principales potencias protestantes del norte.

El enfrentamiento se hizo inevitable cuando, en 1618, Fernando II de Habsburgo se convirtió en el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Ante estas circunstancias, la nobleza protestante de Bohemia trató de librarse de la tutela del nuevo emperador. Este conflicto, que en un principio tuvo una naturaleza local, atravesó fronteras debido al interés de católicos y protestantes de buscar aliados en el territorio europeo. Lógicamente, Fernando II no dudó en solicitar la intervención de España, la gran potencia católica del momento, mientras que los protestantes buscaron el apoyo de Dinamarca, Suecia y los Países Bajos, a los que más tarde se unió Francia para tratar de debilitar a los Habsburgo y erigirse en la gran potencia hegemónica del continente, una condición que hasta ese momento había ostentado España. Es en este contexto en el que podemos situar una de las grandes batallas, la de Nördlingen, en la que los tercios españoles, enfrentados al ejército sueco de Horn, volvieron a brillar con luz propia. 

El choque se produjo después de que el ejército sueco desembarcarse en las costas de Alemania, ejército que, por cierto, desde las reformas militares promovidas por el rey Gustavo II Adolfo, contaba las batallas como victorias por lo que, en ese momento, se consideraban invencibles. El 30 de junio del año de 1634, el nuevo gobernador de los Países Bajos, el cardenal Infante, partió de Milán hacia Bruselas. Su ejército estaba compuesto por diez mil soldados encuadrados en seis tercios y dos mil jinetes agrupados en veintitrés compañías. Tras un largo viaje, llegaron a Múnich el 4 de agosto de este mismo año y, allí, se le unieron los restos del ejército del duque de Feria, recientemente fallecido: unos seis mil infantes y otros mil jinetes. 

Desde la ciudad alemana se pusieron nuevamente en camino, y el 2 de septiembre llegaron a las cercanías de Nördlingen, que por aquel entonces ya se encontraba sitiada por las tropas imperiales. En el bando protestante no existían dudas de que, en esta ocasión, la victoria iba a caer de su lado, al contar con la presencia de los temidos regimientos suecos. 

Las hostilidades se iniciaron en torno a una colina que dominaba el campo de batalla. En este enclave los imperiales ya habían tomado posiciones, por lo que los suecos iniciaron un ataque combinado de infantería y caballería que se prolongó durante todo el día 6 de septiembre. Después de esa jornada, en la que protestantes e imperiales habían combatido a cara de perro, la posición terminó cayendo en manos de los suecos. Sin embargo, al ser esta una posición tan importante desde el punto de vista estratégico, los imperiales no se resignaron a su pérdida y, a la mañana siguiente, se propusieron recuperarlo. Para tal fin se movilizaron dos regimientos alemanes, un tercio italiano y, en segunda línea, el formidable tercio español de Idiáquez.

Cuando los protestantes fueron conscientes del peligro y del avance imperial, lanzaron una carga de caballería, tan contundente que provocó el pánico entre los alemanes de la primera línea. Pero, afortunadamente para los intereses católicos, logró ser paralizada gracias a la defensa protagonizada por los tercios españoles. Ante esta situación, los suecos movilizaron a su caballería pesada y a su laureado regimiento de élite Amarillo. Como había ocurrido anteriormente, el empuje fue frenado en seco por las picas de los tercios. Fue en ese momento cuando el tercio español de Idiáquez lanzó su contraataque y logró destrozar al ejército sueco. 

A primera hora de la mañana, los católicos ya se habían hecho con el control de la preciada colina, pero ahora fueron los protestantes los que intentaron recuperar la posición a toda costa. Como antes, se llevaron un serio correctivo de los veteranos españoles, cuya táctica se demostró muy precisa, ya que sus mosqueteros disparaban por turnos y de forma sincronizada. Desde ese momento los ataques suecos se sucedieron durante todo el día, pudiendo contabilizar unas quince ofensivas. Todas fueron rechazadas por los españoles, que ahora se veían reforzados por su propia caballería. Con la moral alta, los católicos pasaron a la ofensiva, por lo que los suecos empezaron a ceder terreno e iniciaron una retirada que pronto se convirtió en desbandada. 

Según palabras de un coronel sueco, «nunca nos habíamos enfrentado a un soldado de infantería como el español. No se derrumba, no desespera, es una roca y resiste pacientemente hasta que puede derrotarte». La batalla fue un duro golpe para el imperio sueco, que tardó mucho tiempo en recuperarse, mientras que, por otra parte, supuso una nueva demostración de la efectividad del ejército y del tercio español, que durante tanto tiempo se había mostrado imbatible en los campos de batalla de media Europa. 

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