ÁLVARO DE BAZÁN O DON JUAN DE AUSTRIA. ¿A QUIÉN DEBEMOS LA VICTORIA DE LEPANTO?

LAUS HISPANIAE

 

En 1571, la presencia turca en el norte de África suponía una terrible amenaza para España. Al contar con el apoyo de los piratas berberiscos y de los moriscos hispanos, el peligro de un posible desembarco en el sur peninsular era cada vez más preocupante. Además, la conquista de Chipre por las tropas de Selim II suponía un desafío para Venecia, por lo que terminó decantándose por la intervención directa. Así, en mayo de 1571 se firmaron las capitulaciones de la Santa Liga entre el Imperio español, el Papado, la República de Venecia, el Gran Ducado de Toscana, la República de Génova y Saboya. La flota reunida por la Santa Liga estaba compuesta por doscientas siete galeras, seis galeazas y setenta y seis buques ligeros, a cuyo frente estaban tres comandantes: por el Papado, Marco Antonio Colonna; por Venecia, Sebastián Veniero y por España, don Juan de Austria, quien ostentó el mando supremo.

Según autores de la talla de Braudel o Fernández Álvarez, la actuación de don Juan de Austria fue decisiva para la victoria de la Liga por su valentía personal, visión estratégica y por plantear la lucha como una mezcla de batalla naval y terrestre, pues una vez abordadas las naves enemigas se iniciaba la lucha cuerpo a cuerpo, en la que los españoles tenían todas las de ganar. La flota cristiana llegó a Corfú el 16 de septiembre de 1571, y el 27 de este mismo mes fue informada sobre la presencia de la escuadra turca en Lepanto, por lo que, tras hacer aguada, se puso nuevamente en movimiento. Por fin, ambas flotas se encontraron el 7 de octubre, siendo la turca sensiblemente superior en barcos, si bien estaban más equilibradas en fuerzas embarcadas. Las disensiones entre los comandantes cristianos no se hicieron esperar, ya que algunos, debido a la superioridad turca, optaron por esperar acontecimientos en un puerto resguardado. Pero frente a esta postura más prudente, don Juan de Austria terminó aceptando el consejo ofrecido por don Álvaro de Bazán de presentar combate inmediato.

Cuando ambos comandantes, el cristiano y el turco, entendieron que ya no existía la posibilidad de dar marcha atrás, ordenaron a sus oficiales tomar posiciones. Ambas escuadras adoptaron una formación similar, con alas, centro y reserva. Por el lado cristiano, los venecianos, con Agostino Barbarigo, ocuparon el cuerno izquierdo; los españoles, con don Juan de Austria, asumieron el centro; Andrea Doria ocupó el cuerno derecho, mientras que la reserva quedó al mando de don Álvaro de Bazán.

La batalla comenzó con la orden de Alí Pasha, generalísimo turco, de atacar el ala izquierda cristiana, a cuyo frente estaba, como sabemos, Barbarigo. Los barcos otomanos de Mehmed Siroco intentaron envolver a los del noble veneciano, que no rehuyó la lucha y agrupó a todos sus barcos para soportar la acometida turca. Pero, en su empeño de frenar el avance de Siroco, dejó una canal libre entre el ala izquierda cristiana y el centro, que permitió a la flota otomana avanzar con la intención de romper las líneas enemigas. Afortunadamente, Bazán, que contaba con treinta galeras de reserva y una agrupación de barcos menores, fue consciente del peligro y mandó parte de sus barcos para frenar la acometida turca, logrando salvar esta situación tan comprometida.

Mientras todo esto ocurría, el ala izquierda turca tomó la iniciativa y cargó contra la formación de Andrea Doria, que optó por no enfrentarse a su adversario, sino extender la línea, navegando en paralelo, para dar tiempo a que la batalla se decidiese en el centro, donde los barcos de don Juan de Austria ya se batían, a cara de perro, contra las naves turcas. Llegamos, de esta manera, a uno de los momentos decisivos de la contienda. Doria quedó algo retrasado con respecto a la formación cristiana, circunstancia que aprovechó Uluj Alí, comandante del ala izquierda turca (la única en volver a Constantinopla tras la batalla), para sobrepasar la retaguardia del genovés y cargar contra el centro cristiano. Nuevamente, la actuación de Álvaro de Bazán resultó decisiva, ya que de forma inmediata mandó diez galeras en apoyo de los barcos de la Orden de Malta, que estaban a punto de ser sobrepasados, con el peligro de dejar el centro cristiano en una posición muy comprometida. Los barcos de reserva llegaron en el momento oportuno y, tras un intenso choque, obligaron a los turcos a retroceder.

En el centro, La Real, buque insignia de don Juan de Austria, se abalanzó sobre La Sultana, nave capitana turca de Alí Pasha. Cuando ambos barcos se enzarzaron en un duro combate, el grueso de ambas formaciones se lanzó al ataque para imponer su superioridad y hacerse con la victoria en un enfrentamiento en el que se iba a decidir el destino de las principales potencias mediterráneas. Decenas de galeras turcas se unieron a la refriega, por lo que Marco Antonio Colonna avanzó con sus barcos y se situó en la retaguardia de La Sultana, aislándola de socorro. Al mismo tiempo, Álvaro de Bazán cargó, con su propia galera a la cabeza, y con el resto de los barcos de la reserva, llevándose por delante la galera verde del capitán Mami, guarnecida por los temidos jenízaros de élite. Como resultado de este esfuerzo, el centro otomano no pudo sostenerse por mucho tiempo, sobre todo después de la derrota y muerte de Alí Pasha, por lo que los pocos barcos otomanos que aún se mantenían a flote emprendieron la retirada.

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